Por David Uriarte /

Es fácil criticar, describir, exhibir, denostar y magnificar las deficiencias de los servicios públicos municipales de cualquier entidad, más cuando se trata de servicios vitales como el agua potable, el drenaje sanitario y la recolección de basura. La salud pública se ve afectada de muchas maneras; una de ellas ocurre cuando los servicios básicos fallan por cualquier circunstancia.

Mantener a una población afectada por un deficiente servicio en el abastecimiento de agua potable o drenaje sanitario es condenarla a la enfermedad irremediablemente; esas son las malas noticias en los servicios públicos municipales.

Hay temas sensibles como los baches en tiempo de lluvias; sin embargo, estas condiciones generan malestar y descomposturas en el transporte privado y público, nada comparable con un drenaje sanitario colapsado o una sequía temporal en tomas domiciliarias, donde el precio a pagar es tan alto como la misma enfermedad.

Todos los días hay inconformidades, señalamientos, familias desesperadas por servicios públicos que afectan la cotidianidad y alteran la dinámica funcional. Las malas noticias se difunden de manera inmediata en redes sociales o en medios de información tradicionales, incluyendo todos los medios electrónicos; esto pasa siempre, pero se acentúa en fechas electorales y electoreras.

La pregunta que se hace cualquier régimen o gobierno local o estatal es: ¿Cuándo se va a reconocer la rapidez o efectividad de las distintas áreas responsables tanto del servicio de agua potable, alcantarillado y drenaje? ¿Cuándo se reconoce y se hace público el servicio de recolección de basura?

Algunos servicios públicos y muchos trabajadores se incorporan en la noche o madrugada para auxiliar a la población afectada tanto por las inundaciones como por la obstrucción de alcantarillas; los imprevistos no tienen hora ni respetan jornada de trabajo.

En un ejercicio de imaginación surge otra pregunta: ¿Algún ciudadano podría incluirse como voluntario en cualquier ruta de recolección de basura? Caminar seis u ocho horas detrás del camión recolector, recoger de manera rápida bolsas y bolsas llenas de basura, soportar las fetideces propias de la basura orgánica y eventualmente malos tratos de los vecinos empecinados en confundir basura con escombros; este ejercicio podría dimensionar el verdadero esfuerzo de los servicios públicos.