Por David Uriarte / 

Aunque la política termina siendo un oficio, actividad, vocación o medio para lograr ciertos fines en la vida personal, las emociones, los sentimientos y las marcas propias de un desarrollo desconocido para la mayoría son los rieles del destino que conducen al verdadero lugar: la necesidad. Las necesidades personales son más fuertes que los cargos, encargos o grados académicos; la vida personal, de pareja y de familia son conductos de respiración emocional que no se pueden obstruir.

Existe una vida paralela cuando se habla de política y políticos: una cosa es la habilidad o destreza para desempeñar cargos públicos y otra es tener satisfechas las necesidades propias de un diseño cuya naturaleza es la compañía, el contacto y el sentimiento de pertenencia de la vida emocional.

El cargo más importante en cualquier actividad, desde la política hasta la económica, pasando por todo el catálogo de responsabilidades y liderazgos, descansa en una persona con sentimientos y necesidades afectivas, no importa quién sea o qué haga. Hitler y el Holocausto, Elon Musk y Tesla, SpaceX, Albert Einstein y la teoría de la relatividad, Muhammad Ali, el mejor boxeador de peso pesado: en este orden se pueden citar liderazgos de clase mundial, pero todos tienen un origen y un destino en el mundo de los afectos, de las alegrías y las tristezas, de las necesidades y las satisfacciones de carácter emocional. Eso es lo humano que impacta en la vida de cualquier persona.

La política mundial, como la nacional y local, está repleta de historias conocidas y muchas más desconocidas sobre cómo la vida personal trastocó el destino y el desempeño de cargos o encargos altamente significativos.

Hace años, en México, el caso sonado de Rosario Robles, política enfilada a un destino promisorio, terminó con ella encerrada en la cárcel, denostada, señalada y devaluada como «cuadro» político. La mezcla de atribuciones donde fluye el dinero y las necesidades afectivas marcadas por carencias no resueltas construye un destino entendido por cualquiera, excepto por la ceguera de quien padece un vacío afectivo profundo.

El escándalo en la vida política nacional, derivado de la renuncia de la titular del Instituto Nacional Electoral, tiene una asociación que traspasa lo orgánico del cargo para incrustarse en el terreno afectivo, donde lo humano de la política es evidente.