Por David Uriarte /
Decidir entre dos o más opciones no es cuestión de azar; todo empieza con un proceso neurocerebral. Hay motivaciones conscientes y motivaciones inconscientes que determinan la conducta final. Es como decidir qué chocolate comprar, qué refresco tomar, incluso qué compañía elegir. Hay preguntas cuyas respuestas resultan dudosas al buscar el origen de la elección, como la elección de la pareja: ¿por qué elegir A y no B, o por qué C y no D? Hoy sabemos que en la elección de pareja influye una sustancia llamada complejo mayor de histocompatibilidad. “El Complejo Mayor de Histocompatibilidad (CMH o MHC) influye en la elección de pareja porque los humanos y otros vertebrados tienden a sentirse más atraídos por el olor corporal de personas con perfiles genéticos diferentes a los suyos, lo que ayuda a fortalecer el sistema inmune de los hijos”. Si pensabas que las parejas se elegían por otra cosa, la ciencia puede aclarar las supuestas aberraciones en la elección de pareja. Aunque el tema de fondo no es ese, esto ilustra dos cosas: primero, la ignorancia de muchas personas, cobijada por sus creencias intuitivas o aprendidas en el seno de la familia o la sociedad; segundo, la dificultad de modificar las creencias cuando estas forman parte de procesos automáticos.
La toma de decisiones, cuando se trata de elegir entre una persona y otra, solo entra en conflicto en el momento en que se cruzan las emociones con la razón. Mientras la emoción surge de lo profundo del ser, de la amígdala cerebral, dirían los neurocientíficos, la razón nace en la corteza prefrontal, la parte más evolucionada del cerebro humano. El análisis surge cuando se trata de intereses, cuando se construyen percepciones inducidas o espontáneas. Es como decidir entre un refresco de cola y una limonada natural: es posible que los impulsos biológicos de la persona voten por el refresco de cola, pero el análisis le dice: es mejor la limonada natural cuando de salud se trata.
En las campañas políticas se ofertan distintos productos, todos con la misma intención: llegar al poder. El poder político se consigue con la suma mayoritaria de voluntades. Los candidatos son el producto; el envoltorio o la presentación es el partido al que representan. Muchos electores cuestionan lo bueno del producto y lo feo de la presentación; otros, lo bonito de la presentación y lo malo del producto. La clave está entre la razón y la emoción.















