Por David Uriarte /
En el lenguaje formal, la RAE también define al apóstata como una persona que rompe con una orden religiosa, un renegado o un desertor de un partido político o causa ideológica. Sabiendo que la confesión católica, también llamada sacramento de la Penitencia o de la Reconciliación, es el acto en el que un fiel confiesa sus pecados a un sacerdote y, a través de la absolución, recibe el perdón de Dios, ¿qué pensarías si, a los días de tu confesión, te encuentras al sacerdote que te confesó y te dice: “ya no creo en los sacramentos, menos en la confesión como medio para obtener la absolución, eso es puro cuento”; o te encuentras al neurólogo que atendió tu epilepsia y te dice: “ya no creo en la neurona ni en los neurotransmisores, mucho menos en la energía del cerebro”; o te encuentras al político que te pidió el voto hace años, te vendió un discurso generoso donde todos ganan y ahora te das cuenta de dos cosas: primero, las cosas siguen igual o han empeorado y, segundo, ahora te dice que ya no cree en lo que te dijo aquel entonces, ahora cree en otras cosas, otros principios y otra realidad?
Los apóstatas son alérgicos, por definición, a la lealtad, la honestidad y la fidelidad. Lo que te dicen o juran un día, al siguiente, según sus conveniencias, puede ser todo lo opuesto. Los apóstatas pueden influir en la vida personal y social, llámese religión, política o cualquier actividad relacionada con ideologías o creencias.
Una de las características de los apóstatas es su vehemencia para vender sus ideas. Están convencidos de lo que dicen o, por lo menos, así lo hacen ver cuando intentan convencer a los demás. Se parecen mucho a los vendedores que un día te dicen vender el mejor producto y después te los encuentras vendiendo el producto de la competencia, afirmando lo mismo. Ellos solo buscan su beneficio, su ganancia; ven en el cliente su fuente de ingreso y el apóstata político ve en el elector su fuente de poder.
Los desertores ideológicos tienen un sistema de creencias vulnerable. Están convencidos de que lo bueno y lo que funciona es aquello que los beneficia a ellos. Tienen un grado de seducción muy alto, son artistas del engaño y son capaces de vender promesas de resurrección a corto plazo con tal de obtener la simpatía transformada en voto de los electores. El sentimiento de culpa no existe; solo existe la sed de poder que emerge de su pobreza como persona.















