Por David Uriarte /
Detrás de la palabra está el silencio: ese silencio que encierra la verdad, las intenciones, los deseos, las fantasías, las represiones, los miedos, la esperanza y los rencores. Es el silencio que esconde la verdadera identidad, el yo desnudo, desprotegido y ansioso por ser y estar en un lugar visible y reconocido. Las palabras estructuran discursos con un fin; pretenden vender ideas claras, precisas y determinantes, aunque no siempre logran su objetivo.
Lo importante de una persona no se expresa en sus palabras, sino en su silencio; en lo que calla, en lo que no dice, pero piensa, en pensamientos mezclados con fantasías, con carencias existenciales, con heridas de la infancia y con pedazos de sufrimiento que no se han ido por el resumidero del pasado y el perdón.
El concurso de la palabra se observa como una constante en los políticos y en quienes buscan un espacio en cualquiera de los tres poderes. La palabra se convierte en el vehículo para convencer, en la herramienta para construir un horizonte promisorio y en un instrumento para lograr objetivos claros a corto, mediano o largo plazo.
No es que no exista, pero nadie puede fincar la esperanza de triunfo en una colectividad con un diálogo de mudos; es la verbalización de ideas e intenciones con una retórica creíble lo que puede acercar o comprar la intención del voto. Por eso, la palabra resulta el mejor tangible para construir percepción.
Las personas son más su silencio que sus palabras. En las palabras esconden, más que su identidad, sus deseos de ser y sus deseos de que los perciban tal como ellos mismos se idealizan; guardan en las alforjas de su silencio las máculas que les producen miedo, culpa o vergüenza.
Detrás de las palabras está lo importante del ser: su incapacidad para controlar sus impulsos, el trastorno del juicio, las emociones desbordadas, lo reducido de su capacidad empática y su facilidad para mentir, prometer y no cumplir.
Todo esto no lo verbalizan; verbalizan todo lo contrario y, por eso, construyen una imagen deseable o esperada por sus simpatizantes o seguidores.
Todas las personas que buscan un liderazgo o un trabajo derivado de la voluntad popular tienen que echar mano de su capacidad histriónica; tienen que envolver muy bien su pasado en el mayor de los silencios.
Usan la palabra como el azadón, esa herramienta agrícola que solo remueve tierra para ellos.
En lo que callan está su verdad.













