Por David Uriarte /
Lo primero que puede ocurrírsele a cualquier mente brillante es contradecir cualquier tesis, propuesta o afirmación. Por supuesto que es válido cuestionar la relación existente entre educación y delincuencia; el resultado es evidente con dos conclusiones válidas: primera, hay delincuentes con grados académicos de licenciatura, maestría y doctorado; y segunda, la gran mayoría de los delincuentes son jóvenes con deserción escolar a temprana edad o con carreras profesionales truncas. Lo anterior ratifica la importancia de la educación como remedio para abatir el índice delictivo.
La asociación sinérgica entre educación, oportunidades y familia funcional ofrece un grado importante de garantía para vivir en una sociedad en paz.
No existe lugar alguno en el mundo donde todo sea paz y tranquilidad. Desde los tiempos bíblicos de Caín y Abel, por citar un ejemplo conocido por la sociedad cristiana, los enfrentamientos entre personas pueden terminar en tragedia; se puede inferir que la formación académica de Caín y Abel definitivamente era baja o nula. Desde la óptica anecdótica se entiende la importancia de la formación académica como ruta de escape de la violencia y la delincuencia, pero no todo son oportunidades para acceder a ella.
También hacen falta oportunidades para ejercer la profesión u oficio: muchos egresados universitarios terminan subempleados por la falta de oportunidades o por un nivel de ingreso bajo que no resuelve sus necesidades primarias. Este es un tema donde los empresarios, industriales y comerciantes deben participar para generar mejores dividendos a los empleados.
Contar con una formación académica, encontrar un trabajo bien remunerado y vivir en una familia funcional forma parte de la ruta para construir una sociedad en paz.
El gobierno reconoce la importancia de la educación frente al fenómeno delictivo; la educación puede ser un desactivador de la crisis que vive cualquier sociedad en materia delincuencial.
Tomados de la mano, gobierno, padres de familia y empleadores pueden aspirar a alcanzar el bienestar a mediano plazo: un gobierno que respalde la educación, una familia que priorice la formación de sus hijos y empleadores que abran las puertas a los egresados con salarios dignos.
Esto puede ser el remedio.













