Por David Uriarte /
El objetivo se cumplió: millones de mexicanos gritaban eufóricos, apostaban y sacaban a pasear su verdadero yo. Por ello surgieron los conatos de violencia y agresión; los estados de ánimo alterados inducen en los hombres (jóvenes) un aumento de testosterona, lo que detona juegos agresivos y muestras desbordadas de alegría y afecto.
El triunfo de la selección nacional es el triunfo de la identidad del mexicano, cuya devoción va más allá del deporte. El balón es el tótem sagrado, los pies representan la pulcritud de la devoción y colocarlo en la red transforma lo material en espiritual; una metamorfosis que solo entienden los verdaderos aficionados, con el toque de fanatismo propio del fútbol en México.
Los eventos de esta naturaleza paralizan a la nación y estremecen a la sociedad como réplicas de un terremoto emocional, de impulsos y de sentimientos entremezclados. Son los momentos en los que se pierden las diferencias sociales para fundirse en una materia difícil de describir: todos son uno y uno son todos.
El gol es el cumplimiento de la promesa espiritual, la profecía cumplida, la llave que abre la puerta a lo inmaterial y a la experiencia que solo vive y siente el aficionado azteca, la famosa raza de bronce.
Gritos y más gritos; no era un funeral, era el histórico mundial de fútbol en el estadio Ciudad de México. Miles de gargantas entonaban su propia tonada, mientras los cuerpos dispuestos al hedonismo propio del placer futbolístico metabolizaban miles de litros de contenido etílico. Mañana será otro día; el momento se vive un día a la vez.
El resultado importa: si se gana se festeja, y si se pierde, también. El marcador es un referente y funciona como el permiso para desbordarse, ya sea en la victoria o en la derrota. El triunfo tiene sabor a triunfo, aunque el precio puede ser demasiado caro: la pérdida de la vida.
El sabor a triunfo empezó cuando la FIFA determinó que México sería sede del mundial, y cuando Jalisco y Nuevo León se incorporaron como parte de la fiesta futbolera en un país cuyos habitantes, en términos generales, aman este deporte.
Ese sabor comenzó a paladearse hace cuatro años; el éxtasis del segundo gol paralizó el metabolismo político, comercial y social al encender la esperanza de pasar a la siguiente ronda.
Eso es sabor a triunfo, y con eso hay que quedarse. Se puede afirmar que es un triunfo más allá de lo futbolístico.















