Por David Uriarte /
Las ideologías de cualquier tipo unen la fortaleza férrea derivada de la complicidad inherente a las creencias con cualquier acción o conducta, sin importar si es constitutiva de delito o no. Las ideologías reúnen a los iguales; son una especie de secta o grupo donde el pensamiento confluye en su origen y su fin: ese origen puede ser el liderazgo o el legado de una persona, y ese fin, la doctrina que se profesa.
El ejemplo histórico de las complicidades es la religión; no importa su origen o liderazgo, lo que importa es entender que sin dogma no hay fe, y sin fe no hay religión o creencia que se sostenga. La subjetividad de las creencias está blindada contra la lógica y la razón, incluso contra las evidencias; por eso es difícil sacar del marasmo ideológico a los creyentes.
Quienes han saltado de una religión a otra entienden a los que brincan o migran de un partido político a otro. Hay fieles que han militado en tres o cuatro religiones; hay políticos cuya militancia depende del interés personal y los principios ideológicos son materia filosófica de segundo término. La fortaleza de la complicidad se somete al riesgo del efecto dominó: cae el primero y arrastra a los demás.
La complicidad termina siendo la inmunidad temporal ante cualquier reclamo opositor, pero al caer la cabeza, el cuerpo se desploma; ese cuerpo de cómplices que en algún momento aplaudía y se sentía intocable corre después la suerte de la desgracia del principal.
Es poco probable pensar que la fortaleza se pueda convertir en la peor debilidad del cómplice barnizado con la fantasía de amigo. La confianza es la llave que abre la puerta de la complicidad; no se necesita un examen minucioso, se necesita una actitud dependiente y una habilidad para sumarse a los intereses comunes, donde el conocimiento y la participación en los hechos ratifica la complicidad. Une más la complicidad que la amistad, así reza el refrán.
En momentos de crisis de cualquier tipo —política, financiera o legal—, las complicidades no diluyen la responsabilidad; solo fortalecen el concepto de conspiración: esos acuerdos secretos de dos o más personas para cometer un delito. Igual peca el que mata la vaca como el que le jala la pata; este aforismo resume las complicidades cuando de conductas ilícitas se trata.
La fortaleza de la complicidad a veces opta por soportar cualquier carga legal con tal de evitar la traición.













