Por David Uriarte /
Ha transcurrido año y medio desde el inicio del enfrentamiento entre bandas criminales; sin embargo, el gobierno aún no logra reducir la violencia ni devolver la seguridad a la sociedad. Ante la pregunta sobre cuándo terminaría esta guerra, el General de la Tercera Región Militar ofreció una respuesta éticamente honesta pero políticamente incómoda. El militar afirmó que el conflicto concluiría “cuando las bandas criminales lo decidan, cuando se les acabe el parque, el dinero, o sus efectivos”, palabras más, palabras menos.
Tras el incontable robo de vehículos, homicidios, desapariciones y heridos por arma de fuego, los grupos criminales parecen haber mermado sus propias filas. Probablemente enfrentan dificultades de financiamiento, un parque vehicular deteriorado y una disminución significativa en sus insumos de defensa y ataque: vehículos blindados, municiones, armamento y recurso humano. El tiempo le ha dado la razón al General.
Independientemente de las causas, lo urgente es el fin de una confrontación que mantiene la economía estancada y la seguridad vulnerada. El conflicto ha envuelto a muchas familias en el duelo, a otras en el miedo y a algunas más en el desplazamiento forzado; un fenómeno social de dimensiones antes impensables.
Sostener este ritmo violento, la frecuencia de los delitos, el impacto social y la duración del conflicto requiere capital excesivo, infraestructura robusta y personal constante. Sin embargo, el dinero no surge de fuentes espontáneas, la infraestructura se agota y el personal perece en los enfrentamientos, cae ante las instituciones de seguridad, queda incapacitado por lesiones o huye del territorio.
Es imposible vivir eternamente en un conflicto de esta naturaleza, cuya letalidad suma homicidios dolosos y desapariciones masivas. Las familias, aterradas, viven como nómadas para escapar de las secuelas de una conducta que muchos envidiaron hace años y que hoy ellos mismos satanizan. El dinero y el poder fueron las semillas; la cosecha ha sido muerte, dolor y sufrimiento. Es una lección costosa que demuestra que, tarde o temprano, la justicia llega.
Tenía razón el General, aunque en su momento lo criticaran por decir la verdad.
















