Por David Uriarte /
La pregunta retumba en la mente de cualquier persona víctima de actos delictivos, incluso en los mismos delincuentes. Los teóricos del delito llenan cientos de páginas en libros o textos digitales para encontrar el santo grial que asegure la conducta sana para la persona, la familia y la sociedad.
Cualquier régimen se siente corroído por las conductas delictivas y busca de manera afanosa la fisura por la cual penetrar con sus programas y proyectos de prevención del delito y fortalecer la seguridad pública. Ningún gobierno puede presumir cero delincuencia hasta el día de hoy.
Al Capone constituye uno de los líderes criminales más célebres y mediáticos de la historia mundial. El Padrino (basado en la novela de Mario Puzo y dirigido por Francis Ford Coppola) narra la historia de la familia criminal Corleone en Nueva York entre 1945 y 1955. En México la historia da para muchos capítulos, series, cortos y largometrajes donde se recrea el modus operandi de las mentes criminales en cualquiera de sus expresiones.
Muchos le apuestan al popular refrán —muerto el perro se acabó la rabia— y piensan en la eliminación de la raíz del problema. Sin embargo, esto no aplica en el campo de la delincuencia. La conducta antisocial generada por los sociópatas viola todos los supuestos o análisis de la razón. El daño, la agresión y la violencia entre humanos existen desde que la historia tiene registros. Algo similar ocurre en cualquiera de los continentes, con exacerbaciones puntuales en ciertos lugares del mundo.
El siglo pasado las familias coincidían en pensamientos lógicos: —algún día se tiene que terminar la ola de violencia—, —algún día las personas dejarán de matarse unos a otros—. Una serie de afirmaciones derivadas de buenas intenciones y una serie de acciones de la sociedad y del gobierno, ni todas juntas han logrado disminuir de manera significativa la conducta delictiva. Es cierto que estadísticamente bajan unos delitos pero aumentan otros. Tal es el caso de los desaparecidos: la configuración de los desaparecidos como delito ni siquiera existía hace décadas; hoy supera al delito de homicidio doloso en México.
Mientras la sociopatía no se mire como producto de una disfunción cerebral donde el delincuente no siente culpa y no aprende de la experiencia, todas las acciones serán como tirarle piedras a la luna.















