Por David Uriarte /

Aunque el tiempo es el lienzo donde se escribe la vida de cada quien, existen mundos diferentes para la suerte y el destino individual. La diferencia a veces depende de la percepción: el niño ve el mundo distinto a la visión de sus padres; los alumnos ven el futuro distinto al que ven sus maestros; los trabajadores piensan distinto a sus patrones; el gobierno y los gobernantes ven un mundo distinto al que ve y vive el pueblo y los gobernados.

Aunque es la misma moneda, las caras son diferentes: por un lado, las autoridades realizan acciones de prevención, disuasión y contención; por otro lado, existen acciones delictivas, violentas y trágicas, con mensajes de terror a la sociedad. Estos son los dos mundos diferentes, las caras distintas de la misma moneda llamada sociedad.

Las percepciones sociales también se polarizan: unos aplauden el esfuerzo gubernamental y otros lo critican. Las familias afectadas viven momentos de angustia; la pérdida irreparable de un ser querido se convierte en la peor de las agonías. No hay discurso o declaración que reviva la pérdida, no hay estadística alentadora y mucho menos postura ideológica, partidista o política que les regrese la alegría de la vida.

Se perciben mundos distintos, aunque la realidad es la misma. Mientras unos ven la vida en números, otros la sufren porque los números los ponen ellos. Mientras las condiciones persistan, la resiliencia tendrá su engendro. Una cosa es padecer por unos cuantos días o meses, y otra es vivir en la “normalización” del destino cruel que amenaza un día sí y otro también a quien menos se imagina.

La polarización del mundo y su percepción divide a la sociedad en buenos y malos, en los que producen y los que depredan, en los sanos y los enfermos, en víctimas y victimarios, en deseosos de salir a la calle y deseosos de quedarse en casa. Son dos mundos diferentes en un mismo espacio geográfico.

Detrás del miedo y el sufrimiento existe el fantasma de las imágenes exhibidas por los medios y redes sociales, imágenes, mensajes o noticias poco halagadoras. La esperanza se convierte en una cuerda de plástico que cada vez se estira más. No se ve el final, solo las especulaciones hipotéticas de un posible final feliz para una sociedad más que harta, con miedo.

Para reducir los dos mundos diferentes a un solo mundo feliz, se requiere la participación de todos.