Por David Uriarte

La conducta tiene su origen en el automatismo humano aprendido de las creencias, en el resentimiento acumulado durante el crecimiento y desarrollo personal, o bien en el sufrimiento de alguna etapa de la vida.

El automatismo de las creencias es la conducta estándar: aquellas cosas hechas o dejadas de hacer por aprendizajes familiares o sociales, la forma de hacer las cosas en un entorno conocido.

La conducta derivada del resentimiento tiene un toque de dolo; hay conciencia de lo que se hace, pero es la forma de liberar la frustración acumulada por el desequilibrio del poder, un poder que alguien ejerció en perjuicio de quien hoy actúa y lesiona a los demás por acciones u omisiones.

La conducta enraizada en el sufrimiento es la cuerda con la que tropieza la persona, la misma cuerda con la que sacrifica a su familia. Las personas marcadas por un destino fatal, ya sea por una tragedia familiar o una enfermedad con un final conocido pero inesquivable, avanzan en la vida con triunfos pírricas, triunfos con sabor a derrota, derrota que salpica a la persona y a su círculo más cercano, empezando por su familia y allegados.

El rostro del sufrimiento es, con el tiempo, un rostro imbricado o superpuesto por el rostro del éxito; la sociedad ve el brillo del supuesto triunfo sin saber o imaginar que debajo de él está el rostro del sufrimiento indescriptible.

A ese rostro muchos le llaman justicia divina, otros le llaman karma, otros el regreso de la maldad o efecto bumerán. Lo cierto es que muchos desconocen los hechos y acciones de aquellas personas que, teniendo todo o estando en la cima del éxito, de repente lo pierden todo y aparece el verdadero rostro: el rostro del sufrimiento, que puede ser el compañero hasta la muerte.

El vínculo afectivo es un lazo más fuerte que el acero; es lo que une a los padres con los hijos y a las parejas entre sí. Los vínculos afectivos dirigen las acciones personales: hacer o dejar de hacer tiene que ver con los afectos que se sienten.

El rostro del sufrimiento se vuelve más denso cuando la desgracia alcanza lo que más se quiere; el sufrimiento se convierte en aceite que contamina el agua de la paz y la tranquilidad personal y familiar. Una cosa es ser víctima de la desgracia personal, y otra muy distinta es lastimar a otros sin pensar en el efecto de rebote hacia la familia.

A veces la vida le pega a la persona donde más le duele.