Por David Uriarte /
La amistad es mucho más que una palabra, mucho más que el interés por sumarse al éxito ajeno, más que el beneficio directo o indirecto del vínculo que en teoría debería ser desinteresado. Con frecuencia, la amistad se fortalece y se transforma en complicidad, o se diluye y se vuelve historia de rostros y vivencias temporales o de época. Cuando la fortuna es tal que no cabe en la bolsa, aparecen los amigos como verdaderos ayudantes de buena voluntad; la solidaridad entre amigos se vuelve un trueque donde todos salen favorecidos.
La historia de las fortunas lleva a la par la historia de los amigos. Casi siempre el afortunado reparte algo; no necesariamente dinero, a veces reparte oportunidades, recomendaciones, trabajo, negocios e influencias. Hay que recordar que, para dar, hay que tener. Los amigos son solidarios por definición, aunque en un grupo siempre habrá favoritos, siempre habrá perfiles que auxilien las expectativas del amigo con “suerte”, por eso se dice que la suerte se reparte temprano.
El arribo del amigo a la franja del éxito, a la franja del poder, a la franja del dinero, representa oportunidad para quienes reciben la gracia, es decir, para los elegidos por alguna circunstancia que solo sabe y conoce el que reparte la ostia o el pan sagrado de la suerte.
Cuando todo va bien, los aplausos y la sobredimensión de la amistad son vasos comunicantes entre el que adula y el adulado, entre el necesitado y el satisfecho. Son relaciones y dinámicas entendidas, pero se olvida una palabra: caducidad.
La caducidad del pegamento que une a los amigos se presenta cuando la amistad es interesada; el interés corroe las entrañas del vínculo construido con el juicio de la ventaja, con la avaricia propia de la circunstancia, con los actos y actitudes imprudentes que desembocan eventualmente en tragedia.
Los amigos, reza el refrán, se conocen en la cama de la desgracia; llámese enfermedad, pobreza o pérdida de la libertad. Los amigos de ocasión, aquellos que fortalecen su relación bajo circunstancias de ganar-ganar, donde el negocio es la tapa dorada del frasco de la amistad construida a la sombra de intereses que van más allá de la prudencia y la justicia, confunden esa relación con el sentimiento genuino de la amistad cuando, en el fondo, la raíz es el negocio y la complicidad.
¿Dónde están los amigos cuando la desgracia toca la puerta? ¿Se vuelven prófugos?















