Por David Uriarte / 

En el liderazgo no hay pleito; hay competencia. En la búsqueda del poder aparece el pleito. Ver la forma en que se aborda la necesidad de poder y escuchar el discurso que la sostiene es parte de la comedia contemporánea. Hombres y mujeres transitan por la pasarela de la simpatía social y buscan con desesperación la promesa del voto. Se parece al noviazgo: se visten con las ropas que venden imagen, pronuncian discursos difíciles de digerir, y queda claro que una cosa es el espacio de campaña y otra el ejercicio del poder, porque todo se transforma cuando aparece el compromiso.

El pleito por el poder se da entre iguales y entre diferentes. Solo hace falta sed de reconocimiento, ganas de sacar a pasear la parte narcisa, necesidad de hipervaloración social, sed de aplausos y hambre de poder. Pocos discursos banqueteros soportan un análisis político serio, una revisión de su estructura, su contenido, su viabilidad y su pertinencia. Todos sudan el líquido de la necesidad, expresado en una actitud difícil de creer.

El pleito por el poder político encarna en sí mismo el más oscuro pronóstico social. No siempre ejerce el poder el más comprometido; generalmente lo ejerce el más privilegiado por la cúpula partidista que en ese momento mueve los hilos del régimen. De ahí tantos desencantos y tantos enfrentamientos entre ellos, entre una clase política que aprendió a decir una cosa y hacer otra. Para corroborarlo basta revisar la historia reciente de México.

El pleito por el poder es propio de las especies, incluida la humana. En el mundo de los primates y los mamíferos, el liderazgo se ejerce a precio de sangre. De ahí surge el concepto de “ataque o huida”, el mismo que opera en la especie humana cuando busca ejercer el poder: atacan o huyen. Los ataques son evidentes; las huidas encierran revanchas, resentimientos, o de plano la jubilación de los intereses por el poder político, tras una valoración racional de las posibilidades matemáticas del triunfo.

El pleito por el poder político se parece al pleito por el poder económico: siempre desgasta a sus protagonistas y a sus grupos. El precio que pagan los seguidores, simpatizantes o colaboradores del líder va desde su extinción del ámbito que defienden hasta su incorporación a la cúpula del poder para sustituir al propio líder o jefe. Eso es propio del humano.