Por David Uriarte / 

El Día Mundial del Alzhéimer se conmemora cada 21 de septiembre con el propósito de concienciar sobre esta enfermedad neurodegenerativa y brindar apoyo a quienes la padecen y a sus familias. Mientras algunos investigadores insisten en denominar al alzhéimer como la diabetes tipo 3, los neurocientíficos continúan estudiando diversos factores de riesgo relacionados con su desarrollo.

Esta enfermedad se caracteriza por una progresiva pérdida de la identidad. Quien la padece puede llegar a no saber quién es, quiénes son sus familiares o para qué sirven objetos cotidianos cuya utilidad parece evidente. Estas situaciones suelen generar ansiedad tanto en la persona enferma como en sus familiares o cuidadores.

Todas las enfermedades implican una cuota de frustración para quienes las padecen y para su entorno cercano. Aunque existe conciencia de la muerte como etapa final de la vida, sin necesidad de entrar en consideraciones esotéricas o religiosas, la racionalidad indica que, después de los sesenta años, y más aún después de los ochenta, la calidad de vida comienza a ponerse a prueba. A ello se suma la conciencia de una posible muerte súbita por diversas causas, incluida una caída desde la propia altura.

No es necesario llegar a las etapas avanzadas de la enfermedad para advertir sus efectos. Entre las manifestaciones más evidentes se encuentran la pérdida de la memoria reciente y el olvido de actividades cotidianas: recordar qué se desayunó, si se tomó el medicamento, qué ropa se vistió o incluso cuál es la fecha actual. También pueden olvidarse nombres, incluidos los de familiares cercanos.

Cuando la demencia toca a la puerta de la vida, surge una paradoja relacionada con la edad. Existen numerosos tipos y causas de demencia, pero la más conocida es la demencia tipo alzhéimer. Lo paradójico es que, a medida que la persona cumple más años, parece retroceder en sus capacidades cognitivas hasta alcanzar un nivel de dependencia comparable al de un recién nacido, cuya atención se centra únicamente en satisfacer necesidades básicas como alimentación, techo y cuidado.

En estas circunstancias no es posible exigir responsabilidades ni tareas que requieran un esfuerzo cognitivo significativo. No se trata de conductas intencionadas, sino de un deterioro cognitivo que tiende progresivamente a la cronicidad y repercute en la vida social, laboral o académica.

Todas las enfermedades crónicas afectan, de alguna manera, la autonomía y la capacidad de socialización de quienes las padecen. En las demencias, las personas pueden aparentar un estado físico normal; sin embargo, al interactuar con ellas, suele hacerse evidente la dificultad para tomar decisiones prudentes que requieren memoria, juicio y capacidad de razonamiento.