Por David Uriarte

No se trata de un cortometraje o una película cuyo rodaje está por estrenarse; se trata de una pieza importante del rompecabezas de la cultura mexicana. Es más que atrevido afirmar que el narcotráfico tiene marcadas todas las estructuras del poder, cualquiera que sea su expresión, pero siete u ocho décadas son significativas en el binomio cultura y narcotráfico.

Los registros periodísticos y anecdóticos de familias nativas de Sinaloa dan testimonio cercano o fidedigno de cómo empezó la fiebre del tráfico de drogas prohibidas: primero la marihuana, después la goma de opio, luego la importación de cocaína y, últimamente, las anfetaminas, coronadas por el opioide sintético de moda, el fentanilo, que terminó por dinamitar las relaciones bilaterales entre México y Estados Unidos.

La relación de hechos y acciones, tanto de organizaciones relacionadas con el narcotráfico como de las autoridades encargadas de combatirlo, ha dejado una marca en la sociedad, en las costumbres, el lenguaje, los comportamientos, las actitudes y las prácticas sociofamiliares que han normalizado la rivalidad entre el narco y el gobierno. En teoría, el gobierno, con sus instituciones específicas para salvaguardar la paz y la seguridad social, debería mantener una tensión en la que el narcotráfico no fructificara y la balanza se inclinara hacia la sociedad, manteniendo la salud pública intacta frente al flagelo tóxico de los enervantes o psicotrópicos.

Con el tiempo, el narcotráfico se volvió una industria, una empresa de corte internacional, cuyos alcances fueron tan potentes como grandes fueron sus ingresos. La economía del tráfico de drogas está ranqueada dentro del top tres, después de la industria de la guerra, la industria farmacéutica, la trata de personas y el tráfico de estupefacientes.

Lo que el narco nos dejó es una gran lección, una serie de aprendizajes que invitan a la reflexión, al análisis y a valorar muchas cosas que se pueden resumir en dos: primero, la economía del narcotráfico está pintada de sangre; y segundo, el destino de sus principales protagonistas es la cárcel o la tumba.

La economía que gira alrededor de la industria del narcotráfico espolvorea beneficios colaterales o indirectos a muchos giros comerciales. De momento, el ingreso puede bloquear la razón con un pensamiento lógico: con dinero se compra todo, hasta que aparece el paradigma, “nada es para siempre”, y sobreviene la catástrofe.