Por David Uriarte /

Muchas esperanzas y logros se derrumban cuando el pasado toca la puerta y desmorona el futuro: futuros promisorios, éxitos trabajados por muchos años, construcción de percepciones a favor, así como la suma de voluntades y simpatías acumuladas como capital político. Eso y más se desploma cuando alguien filtra, exhibe, demuestra o evidencia actitudes o prácticas de un pasado que se contrapone con la imagen o las aspiraciones del presente.

El pasado puede ser la catapulta al éxito o al fracaso; existen expertos en esculcar el pasado de los liderazgos, más aún cuando estos buscan consolidarse o aspiran a crecer en la ruta de todo político: la consolidación del poder.

Hay que diferenciar entre el pasado real y el pasado inventado; esas historias que nunca existieron, pero que se construyen con tal pulcritud que parecen una verdadera descripción de hechos o circunstancias existentes solo en la mente del arquitecto maquiavélico o del arquitecto redentor. Los inventos del pasado pueden servir para denostar o para alabar; en el primer caso hay dolo, en el segundo, sinceridad.

Existen expertos para ambos escenarios: profesionales para buscar, encontrar o inventar modelos de conducta negativa que puedan convencer a cualquiera de la mala entraña de la persona aludida; pero también los hay que buscan hasta encontrar las virtudes derramadas en hechos, actos o conductas que configuran la buena voluntad y los valores que dibujan la dimensión moral de la persona, tanto en el pasado como en el presente.

El pasado puede morir enterrado en la memoria del protagonista o revivir por obra de terceras personas con objetivos bien determinados; casi siempre detrás de esto están las intenciones de quienes compiten, en el caso de la política, por un puesto, cargo o encargo.

Hay veces que el pasado alcanza a la persona a través de revelaciones inesperadas de cómplices o víctimas de la conducta dolosa del que ya se fue; es entonces cuando la imagen del líder se puede derrumbar.

Los premios, medallas, galardones o reconocimientos sociales pasan al retiro en la conciencia colectiva. Es el derrumbe de la imagen de una persona que en su momento logró construir una percepción de bondad, y a quien hoy se le atribuye todo lo contrario; pudo haber hecho mil cosas buenas, pero una sola cosa «mala» basta para traerla a comparecer ante el juicio social y condenar a muerte la imagen inmaculada que se tenía de ella o él.