Por David Uriarte /
Son muchos los inocentes involucrados en la película que describe la realidad de una sociedad resiliente; sus protagonistas juegan un papel destacado internacionalmente, el reparto abarca mucha utilería y muchos extras. En la película son pocos los que hablan y muchos los que callan. El reparto descansa en unas cuantas figuras de primer nivel y miles de extras que caminan todos los días por calles, plazas, parques y cruceros, casi todos en silencio: unos con la vista clavada en el suelo, otros con los sentidos aguzados, con paso temeroso —quemando cinta—, con un diálogo interno que se interpreta al cruzar las miradas con los iguales, casi todo en silencio.
En la película todo ocurre como si nada pasara; los primeros días y los que siguen son parecidos. El paisaje es contradictorio: por un lado, un hervidero de elementos del orden, puntos de revisión itinerantes y sorpresivos, mezcla de instituciones de los tres órdenes de gobierno, el sonido intempestivo en el cielo producido por los aparatos artillados, un desfile de equipo táctico de última generación, nada que ver con las naves vetustas de las películas de la guerra de Vietnam.
El silencio de los inocentes es como una mancha que se extiende de manera caprichosa, parecida a la mancha del test de Rorschach, conocido popularmente como el “test de las manchas”; cada quien le da su interpretación, unos ven una cosa y otros otra. Los responsables de la tensión social conforman también una mezcla de personas, circunstancias, ideologías y momentos. Hablar de responsables es hablar de generaciones pasadas y presentes, incluso de protagonistas muertos por la edad o por el plomo; las nuevas generaciones arrastran los genes de sus familias, de sus apellidos, de su estirpe, o son producto del entorno, nada que ver con los genes, pero todo que ver con los aprendizajes sociales y las aspiraciones de vivir en un mundo VIP, con los riesgos y el precio que esto implica.
Muchos inocentes ya no pueden hablar porque están en otra dimensión; otros están mudos de miedo, y unos más piensan que viven la experiencia del “déjà vu“. Mientras tanto, la película sigue su rodaje buscando un final feliz.
Guardar silencio es una práctica prudente cuando es producto del juicio; la “afasia” o incapacidad para hablar es producto de un daño o lesión neuroemocional, y esto les ocurre a los inocentes que guardan silencio.













