Por David Uriarte /
Cada persona, cada familia, cada sociedad tiene sus preocupaciones particulares. Las prioridades son diferentes: al que tiene todo le preocupan pocas cosas; el que tiene poco vive en una preocupación constante. Lo que le preocupa al rico difiere de la preocupación del pobre.
El sano no piensa en hospitales ni medicinas; el enfermo vive con una amenaza constante. A veces no se trata de dinero, se trata de abasto de medicamentos: muchas veces hay medicinas, pero no hay dinero, a veces hay dinero, pero no hay medicinas, y se da el caso donde no hay ni dinero ni medicinas. Cada quien vive su propia preocupación.
Quienes están privados de su libertad perdieron muchas oportunidades: se pierden los cumpleaños de sus seres queridos y enfrentan los riesgos propios de una vida prisionera. Sin duda son preocupaciones donde la búsqueda de la libertad es la prioridad.
Quienes tienen trabajo viven la tensión entre sus ganancias y sus gastos, con la preocupación constante de saber si mañana conservarán su empleo, si podrán ahorrar y cómo enfrentarán los gastos básicos si lo pierden. Los desempleados arrastran preocupaciones donde encontrar una fuente de trabajo es lo principal; por lo menos dos condiciones van de la mano: la pobreza y la ansiedad.
Las preocupaciones de Donald Trump son distintas de las de los mexicanos. Lo mismo sucede con la presidenta de México: ella enfrenta preocupaciones aparentemente temporales que pueden convertirse en la sombra de sus preocupaciones crónicas.
En cuanto a las investiduras de fuero o protección, el general secretario de la Defensa Nacional también enfrenta las suyas: que parte de la tropa realice obras de albañilería no es tan preocupante como saber que un general en retiro esté implicado en delitos de alto impacto; son preocupaciones distintas. Lo mismo aplica para el secretario de la Marina Armada de México.
Sin embargo, las preocupaciones no se limitan al tamaño de la jurisdicción; se limitan al hecho de ser humano, al hecho de ser susceptible de perder la libertad y, en algunos casos, incluso la vida. Lo seguro es perder la paz y la tranquilidad: preocupaciones propias del cargo y el encargo.
¿Cuál es tu preocupación hoy?















