Por David Uriarte /
El principio del «qué dirán» rige la conducta de muchas personas. Estos individuos aprenden a construir su comportamiento sobre los rieles del juicio ajeno y desarrollan una sensibilidad extrema, donde el sufrimiento emana directamente de la opinión de los demás.
Durante la infancia, se adquieren paradigmas que no pasan por el filtro de la razón; simplemente se adoptan por imitación u obediencia. Las figuras de autoridad indican lo permitido y lo prohibido, e imponen el peor de los castigos: la culpa.
Frases como «por tu culpa pasó esto» o «por tu culpa no pasó» enseñan al niño a saborear ese dolor, mientras se configura en su mente la idea del juicio externo.
Esta estructura mental trasciende la niñez y se manifiesta en la adultez y en todas las actividades humanas, desde un empleo ordinario hasta las más altas esferas del poder económico o político.
Hay quienes evitan asistir a convivios por carecer de ropa nueva; el miedo al juicio ajeno los mantiene anclados a su zona de confort. No se atreven a interactuar en un mundo de competencia social donde el fantasma del «qué dirán» acosa su mente.
Asimismo, personajes del poder económico y político actúan bajo este mismo paradigma; no importa cuánto hay en la cartera, sino qué creencias mueven su discurso y conducta.
El poder del «qué dirán» resulta evidente en el ámbito político, tanto partidista como gubernamental. Un diputado o un senador se cuida más de la opinión pública que de cualquier otra cosa; teme que la sociedad lo exhiba con el «uniforme de su verdadera personalidad». Por ello, busca encajar en los estándares esperados por la ciudadanía o prometidos por su partido.
Lo mismo ocurre en la administración pública. El titular del poder ejecutivo busca, desde su más alta responsabilidad, mostrar una cara amable. Detesta los cuestionamientos por actitudes o prácticas lesivas para la sociedad o para las expectativas de grupos determinados.
Por ello, siempre persigue el consenso o intenta apegarse a las leyes y a la Constitución. Cuando el «qué dirán» lesiona su investidura, representa una mancha en su trayectoria; sin embargo, si la opinión se basa en obras con aplauso social, su posición se fortalece.
En definitiva, el juicio ajeno permanece como una marca psicológica en la mente de cualquier persona.














