Por David Uriarte /
Llega el momento en que la realidad satura cualquier mente ocupada en lo que ocurre en la sociedad, cuando la vida cotidiana se convierte en una mezcla de incertidumbre, miedo, frustración, atrevimiento y necesidad. A pocas semanas de cumplir dos años de hechos mundialmente expuestos, los sinaloenses han aprendido a superar la crisis multimodal: económica, de seguridad, de salud y emocional.
Vivir en Culiacán implica tener carga genética adaptable, es ajustarse al entorno y dejar siempre espacio para la novedad, aunque sea efímera. La vida diaria no tiene cabida para duelos ajenos. Todos los días se vive la dualidad blanco-negro: se espera un día blanco, y cuando llega, es día de fiesta. La esperanza se tiñe de oscuro cuando las redes sociales difunden la nota roja, con su menú conocido de violencia.
Las ideas enfermas surgen por muchos lados, algunos impensables para una mente sana; otras se reproducen, pero pocos las expresan. Una de ellas es: ¿Qué pasaría si en los lugares donde ocurrieron tragedias mortales se colocara una marca que las recordara? De hecho, ya existen en algunos puntos de la ciudad: cruces, cenotafios, monumentos sacros, veladoras encendidas, coronas y arreglos florales. Son representaciones asociadas a la memoria de quienes se fueron. Si esto se generalizara, la ciudad se convertiría en un mapa descriptivo de la intensidad de los hechos delictivos.
Estas ideas pueden tener un toque de enfermedad, pero también uno de realidad. Cualquier lugar que evoque los últimos momentos de vida de un ser querido adquirirá un significado único. Esos sitios pueden convertirse en reductos que activen emociones y sentimientos diversos, casi siempre vinculados al amor por el difunto y al coraje, la tristeza o la frustración de saber cómo terminaron sus días: el hijo, la pareja, el padre, el primo, el vecino, el ser querido o incluso el prójimo que dejó una estela de ilusiones en quienes lo conocieron.
La idea de marcar los lugares donde personas víctimas de la violencia perdieron la vida siempre estará en la mente de sus deudos. Para cualquier autoridad municipal, esto no contribuye a la limpieza urbana ni a la percepción de seguridad. Sin embargo, para los familiares, esos sitios serán siempre un referente emocional. Para otros, solo formarán parte de una historia que, con el tiempo, se diluye.















