Por David Uriarte / 

Casi siempre se habla del índice o el grado de maldad; existen estudios con metodología seria y científica sobre la maldad y sus expresiones, pero ¿y la bondad? La maldad se define como el ejercicio del poder que tiene una persona para hacer daño a otros, mientras que la bondad se define como una inclinación o tendencia natural del ser humano a hacer el bien, siempre dispuesto a ayudar a quien lo necesita de una forma amable y generosa. La sociedad se queja de las conductas dañinas de las que es víctima, tanto por parte de particulares como de autoridades. Esto representa un doble riesgo: por un lado, los sociópatas que buscan quitarle lo que tiene, entre ello la vida; por otra parte, las autoridades o servidores públicos que, lejos de cumplir con su función, son los primeros que obstruyen el funcionamiento del engranaje del régimen político y administrativo.

Mucho se habla y se dice de las maldades o acciones dolosas de servidores públicos, desde presidencias municipales hasta funcionarios de alto nivel como directores generales, secretarios de Estado, diputados locales o federales, senadores, jueces, magistrados o ministros. Los medios de información dan cuenta de conductas bochornosas y de velos de impunidad que cubren por un tiempo el tráfico de influencias o expresiones meramente delictivas, indignas de cualquier servidor público.

Los niveles de bondad superan el cumplimiento eficaz y efectivo del servidor público. La bondad encierra en sí misma la empatía social: entender las necesidades de los demás y recordar que el servicio público es para todos los ciudadanos, para la sociedad que requiere un servicio, atención, orientación o incluso la representación como tal. Una cosa es el cumplimiento del deber y otra cosa es agregarle un toque de bondad. Hay diputados, senadores e integrantes del poder ejecutivo o judicial que entienden la vocación de servicio como un apostolado, un servicio a la sociedad que se encarga de pagar su sueldo.

Los hombres y mujeres cuya bondad es el ingrediente supremo de su conducta como servidores públicos representan el ideal de cualquier esquema o régimen de gobierno. Sí existen, tal vez no en la proporción deseada, pero existen servidores públicos bondadosos que acompañan en su peregrinar burocrático a la sociedad que lo requiere; aunque a veces las promesas no corresponden a los actos de bondad.