Por David Uriarte / 

Ya no es como antes, que a los miembros de un partido político les daba vergüenza cambiarse a otro partido. Antes, prácticamente en México sólo había dos partidos, era evidente el radicalismo y la verticalidad de las convicciones, hoy las cosas son distintas… Para empezar, hoy están registrados diez partidos nacionales más los locales, aunque el pastel es el mismo (el número de electores) la tajada es menor.

Antes se hablaba de políticos de hueso colorado para referirse a la certidumbre de sus creencias y la fidelidad de sus convicciones, hoy ante la menor musaraña partidista, los políticos corren a esconderse en las faldas de otro partido como niños regañados.

Esta conducta rencorosa y desafiante de los miembros y simpatizantes de cualquier partido político, se debe a dos condiciones: la falta de liderazgo partidista y la desconfianza al cumplimiento de las promesas.

La migración de un partido a otro de distintos actores políticos se pone de moda después de las decisiones tomadas por los que mandan, cuando se pierde el respeto por la militancia “cuidado”, la migración de cuadros rentable se parece a la fuga de cerebros al extranjero, en este caso la migración es a otros partidos pequeños o emergentes.

Pronto habrá -y puede ser en esta semana- estallidos de fuerzas políticas, la expulsión de personas y personajes de la política local, conocidos y conocidas que se sienten víctimas de la traición de sus “jefes” y están siendo llamadas para encabezar candidaturas al gobierno del estado, a presidencias municipales, diputaciones federales y locales.

Los tiempos marcan la caducidad de las oportunidades, a veces es tarde para conciliar diferencias y darles un premio de consolación a los desplazados. Nombres y rostros en otros tiempos alineados con el sistema o régimen del poder, se pondrán el uniforme de otro equipo, arrastrarán fanáticos y simpatizantes de su propia marca y mermarán la densidad de votación del equipo al que pertenecían.

A veces es tarde para valorar lo que se deja ir, es cierto que no hay nadie indispensable, menos en política, pero qué necesidad de prender la mecha para un estallido de fuerzas políticas.