Por David Uriarte /
Hay mucho que informar sobre la máxima casa de estudios de Sinaloa. La UAS se mantiene en los ojos y la mente de los mexicanos, especialmente de los sinaloenses.
Vale recordar que la universidad atiende a estudiantes de prácticamente todos los estados de la república, e incluso a algunos extranjeros. Padres de familia, empresarios, alumnos y personal universitario siguen de cerca el quehacer universitario.
Las actividades sustantivas requieren empeño; sin embargo, el recurso que hace funcionar cualquier institución es el financiero, y el recurso humano no puede trabajar solo por amor al arte: necesita su remuneración. Por eso, en este siglo, la UAS enfrenta los momentos más difíciles de su historia.
En el siglo pasado, la UAS operó con los problemas propios de una institución sujeta al subsidio federal y estatal. En este siglo, las cosas cambiaron. Hoy, el dinero es el lubricante ausente que hace rechinar los engranes de la transmisión del conocimiento. La UAS enfrenta una crisis que alcanzó el proceso operativo y pone en peligro los logros de los trabajadores jubilados, en particular la conquista del contrato colectivo de trabajo: —la jubilación dinámica—.
La reingeniería es un analgésico temporal para el dolor de cabeza que vive la UAS. El verdadero antibiótico para sanar el funcionamiento y la operación de la centenaria institución educativa se llama dinero: dinero suficiente para resarcir los daños ocasionados por la estrangulación progresiva de la federación en el tema de las participaciones que por ley le corresponden a la universidad.
Las inconformidades son generalizadas y el primer inconforme es el rector. No es posible transitar de manera armónica donde falta lo primordial: el piso parejo para cumplir con la sociedad, los padres de familia, los alumnos, los trabajadores, los proveedores, el IMSS, el INFONAVIT, el SAT y, principalmente, la nómina.
No es posible hacer milagros. Las deudas se pagan con dinero, no con discursos ni buenas intenciones. Si la federación mantiene su postura de estrangular las finanzas de la UAS, el grado y la intensidad de las inconformidades se desbordará a tal grado que pueden ocurrir dos cosas: el cierre de la universidad y la suspensión del pago de la nómina de jubilados.
Nadie cuestiona la legitimidad de las inconformidades. Lo que se cuestiona es la laxitud de la solidaridad con la UAS.















