Por David Uriarte / 

Las personas convencidas de su ideología luchan hasta el final de sus vidas; las personas interesadas luchan solo hasta que se acaba el beneficio. Algo ocurre tanto en la clase política que juraba haber descubierto el edén de la pureza ideológica, como en los fanáticos convencidos de pertenecer al linaje redentor, los aficionados del ganar-ganar y los interesados en conservar privilegios que solo se obtienen a la sombra del poder político.

¿Qué está pasando? Desde la óptica comportamental suceden muchas cosas: desde el silencio hasta el vituperio, y desde el desconocimiento de los liderazgos hasta la negación de profesar una ideología que antes presumían. El interés termina siendo más fuerte que la convicción, si es que esta existió alguna vez.

Los convencidos morirán en la raya; los interesados buscarán salvar su prestigio, su honor, su trabajo, su ingreso, sus relaciones y sus beneficios; todo, menos la defensa ideológica que un día juraron proteger. El éxito siempre reconoce maternidad y paternidad, mientras que el fracaso es huérfano.

Los interesados dejan de asomar la cabeza y de defender a los suyos cuando notan la animadversión social, o cuando la fuerza y la carga de la prueba no admiten palabras. Estos personajes muestran una fortaleza muy disminuida al momento de dar la cara por las propuestas ideológicas que antes consideraban el evangelio a seguir todos los días. El interesado carece de compromiso; el convencido arrastra la cruz de su creencia hasta su tumba.

No es lo mismo ir a la iglesia por un interés social que asistir por convicción. La diferencia radica en que los interesados buscan algún beneficio en cualquier sentido —incluido el miedo al infierno o el indulto para alcanzar la salvación y la vida eterna—, mientras que los convencidos ven en el culto el vínculo de comunicación con sus creencias.

En estas fechas, y bajo el marco de los acontecimientos de talla nacional e internacional, empieza a marcarse una línea muy evidente entre los interesados y los comprometidos. Los primeros comienzan a negar su dicho; el discurso que antes era su letanía hoy se vuelve silencio o una mirada transformada en una especie de vergüenza.

Es una mirada de súplica, un lenguaje no verbal que grita una cuota de bochorno o arrepentimiento. Por el contrario, los convencidos buscan la forma de cambiar el rumbo o el destino de su dogma, y ven el desfiladero como una oportunidad para poner a prueba las alas del poder.