Por David Uriarte /
En la ruleta de la vida, no todos ganan ni todos pierden; prevalece un equilibrio, pues resulta imposible que la totalidad gane o pierda simultáneamente. Las pérdidas y ganancias no se reducen al dinero; incluyen esperanzas, expectativas, seguridad, salud, educación y bienestar. Conservar la existencia representa una de las ganancias superiores; coronarla con bienestar significa alcanzar una verdadera calidad de vida.
Mientras un corazón lata, la vida está presente. En el terreno de las carencias, la peor pérdida es la de la vida misma. Existen condiciones particulares donde las personas experimentan tristeza o decepción a pesar de estar vivas; esto deriva, precisamente, de la falta de calidad de vida. Tener vida es una cosa, pero permanecer atrapado en la desesperanza de la pobreza, la enfermedad, el analfabetismo o la inseguridad es una realidad distinta y, a veces, indescriptible.
Al observar la cara favorecida de la sociedad que gana, resalta una proporción asimétrica que reduce el número de ganadores y multiplica el de perdedores. ¿Será por esto que los cuidan tanto? Quienes pierden se han convertido en la materia prima de las políticas públicas; el sistema los trata de tal forma que los protege para que no abandonen el nicho de la pobreza.
Si a quienes pierden en seguridad, salud, educación e ingresos se les abrieran oportunidades reales para mejorar en todas las áreas —primero en seguridad, después en salud y simultáneamente en educación—, y si dejaran de perseguir el “sueño americano” para emplearse según sus potencialidades, la imagen de la proporción asimétrica cambiaría.
Regularmente, los patrones y el gobierno son quienes ganan. Los primeros, porque ofrecen las fuentes de trabajo privado; el segundo, porque posee una nómina burocrática robusta y ejecuta grandes obras sociales que representan miles de millones de pesos, una derrama económica que salpica a quienes pierden.
Mantener un empleo significa estar, de alguna manera, del lado de los ganadores; es permanecer en una franja gris donde la aspiración apunta hacia el blanco de la ganancia y huye del negro de la pérdida. Cuando la comparación de esta dualidad se reduce a los ingresos, surge la verdadera dificultad social: cerca del 70% de los mexicanos percibe dos salarios mínimos o menos.













