Por David Uriarte /
Este aforismo describe la falsa seguridad que muchas personas manifiestan respecto a sus conductas de riesgo cuando alguien las increpa. Aunque la lógica y la razón prevalezcan sobre los peligros inminentes, una mayoría —principalmente jóvenes— persiste en la idea de que nada sucederá, mientras la familia y la sociedad atestiguan consecuencias fatales.
Las noticias en redes sociales sobre el deceso de un joven motociclista acribillado a balazos evidencian el fracaso de la creencia “-no pasa nada-“. Muchos individuos vinculados a actividades ilícitas confían en la impunidad, en la supuesta garantía de la suerte o, plenamente conscientes del riesgo, deciden asumirlo. Esta frase retumba en los oídos de los padres tras enterrar a un hijo, al reconocerlo en el servicio médico forense o cuando lo llevan a un hospital derivado de las lesiones infligidas por quienes intentaron quitarle la vida. En esos momentos, la expresión deja de ser percibida como verdadera para revelarse como la causa de una temeridad sociopática.
Dicha creencia, surgida de un cerebro con funciones alteradas, no es exclusiva de quienes delinquen. También aparece en personas con enfermedades mentales y adicciones que no se limitan a las drogas psicotrópicas. Se manifiesta en trastornos del control de impulsos, como la ludopatía o la oniomanía (compras compulsivas); trastornos que desembocan en tragedias económicas, familiares y emocionales, o que terminan cobrando la factura más alta: la pérdida de la vida.
Resulta imperativo dialogar con jóvenes y adultos cuya conducta o “trabajo” implique actividades de riesgo. Es necesario buscar la manera de que comprendan que “no pasa nada, hasta que pasa”. No tiene sentido esperar a que ocurra una tragedia cuando existe la posibilidad de abandonar actividades antisociales antes de engrosar las estadísticas de heridos o fallecidos. Sostener que “-no pasa nada-“, cuando la violencia ofrece otros datos, constituye un síntoma de enfermedad mental.
















